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NAJDORF: Una de sus hazañas

45 simultáneas a ciegas

Acaso se trató del grito de auxilio que disparan los silencios; hace 60 años Miguel Najdorf pergeñó una de sus magistrales jugadas: establecer el récord mundial de partidas simultáneas a ciegas, esto es sin ver a sus rivales, ni el tablero ni las piezas, con la esperanza de que la hazaña convertida en noticia cruzara su nombre por mares y montañas hasta alcanzar los oídos de alguno de sus familiares desaparecidos tras el holocausto de la Segunda Guerra Mundial. La muda réplica sepultó el barrunto entre lágrimas de dolor; una historia de otro siglo.
El 25 de enero de 1947, en una sala de la Galería Prestes Maia, en pleno centro de San Pablo, Brasil, el maestro polaco, ya por entonces ciudadano argentino, Miguel Najdorf, de 36 años, desafió a 45 rivales en una exhibición simultánea a ciegas. La jugada, un dibujo mítico en la mente del ajedrecista bisoño o aficionado, intentaba batir el récord que ostentaba el belga George Koltanowsky, que bajo la misma modalidad se había enfrentado a 34 adversarios en Irlanda, en 1937.
Preparado para la ocasión, Najdorf, que ya había dado muestra de su virtuosa memoria, en 1943, cuando en el Círculo de Obreros de Rosario se enfrentó con 40 rivales bajo el mismo sistema, pero la falta de un veedor oficial le quitó validez a la prueba, esperaba que la noticia le permitiera encontrar el destino de alguno de sus 300 familiares, entre ellos sus padres (Gdalik y Raisa), sus hermanos (Jozek, Salek y Merik), esposa (Genia) e hija (Lusha) de tres años, que habían sido arrancados del gueto de Varsovia y trasladados al horror de Auschwitz. Soñaba con una señal de vida.
Esa tarde de lluvia en Brasil, El Viejo Najdorf, sentado sobre un mullido sillón de cuero, vestido de traje blanco y en la soledad de un cuarto desprovisto de tableros y piezas, solamente acompañado por los doctores Luiz Tavares da Silva, Orpheu Gilberto D Agostini y Sergio Blumer Bastos, que lo asistieron con controles permanentes, llevó a cabo la exhibición que se extendió desde las 20 del 24 de enero hasta las 19.25 del día siguiente. Durante las 23 horas y 25 minutos de la prueba, en los que su presión varió de 13/8 con 70 pulsaciones a 12/8 con 80, su privilegiada mente memorizó la ubicación exacta de las 1440 piezas desparramadas entre las 2880 casillas de las 45 mesas, y ejecutó -mediante un micrófono y un parlante, con el que dictaba y recibía cada una de las jugadas o respuestas de los rivales-, sin errores, las 1166 jugadas necesarias hasta doblegar al último oponente.
Un dato para la estadística, dado lo extenso de la sesión, varios jugadores fueron reemplazados por otros con mayor ímpetu, por lo que el total de participantes llegó a 83. Un dato más, Najdorf se impuso en 39 partidas, igualó cuatro y perdió sólo dos. Increíble, una hazaña casi inhumana.
Como una nueva muestra de asombro, 24 horas después de la exhibición, Najdorf sorprendió a propios y extraños cuando reprodujo sin trepidar cada una de las 45 partidas.
Sin perder su ironía y humor habitual, el maestro, tras ser consultado por su capacidad mental, señaló entonces: "Tengo una memoria privilegiada según para qué. Si me prestan dinero trato de olvidarme en el acto".
Aunque la proeza fue comentada en los principales diarios y radios de la época, el silencio cómplice del paso de los años le labró su rostro de impotencia y desesperación; Najdorf comprendió el desenlace de su familia y depositó su energía en el trabajo y el ajedrez.
Cuando el corazón se hizo cicatriz construyó un nuevo hogar en la Argentina. Se casó, tuvo dos hijas (Mirta y Liliana), que más tarde extendieron la prosapia judía con la llegada de cinco nietos, Facundo, Ezequiel, Alan, Yanina y Gastón. Disfrutó de su rol de abuelo hasta el último minuto de su existencia, el 4 de julio de 1997.
Por eso cuando en 1961, en San Francisco (EE.UU.), George Koltanowsky, ahora como ciudadano norteamericano, volvió a darle batalla y marcó un nuevo récord, aún vigente, a ciegas ante 56 jugadores, Najdorf no recogió el guante y prefirió continuar alimentando el romance familiar; subordinó la gloria deportiva.
A sesenta años de la hazaña, la jugada de vida aún despierta admiración, respeto y emoción; se enaltece con el tiempo.

  • Una modalidad que acumula tres siglos de práctica
    El francés Francois André Danican, conocido como Philidor, brindó la primera exhibición a ciegas, en 1744, ante dos rivales en los históricos salones del Café La Régence (París), lugar de encuentro de Rousseau, Robespierre, Voltaire, Napoleón, Diderot y Benjamín Franklin, entre otros

Por Carlos A. Ilardo
Para LA NACION

 

 

 

 

 


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